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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2015.

La inmensa fortuna del doctor Sergio

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Autor: Ronald Suárez Rivas

PINAR DEL RÍO.—San Juan y Mar­tínez, 4:30 p.m. El doctor Sergio Piloña saca para el portal de su casa la mesita de madera que hace la doble función de escritorio y de camilla, po­ne sobre ella su recetario, abre el libro donde anota los datos de cada pa­ciente, y empieza a consultar.

En la acera de enfrente, que es la de la sombra, cerca de 20 niños a­guardan junto a sus padres a que les to­que su turno.

Con la vitalidad de quien acaba de comenzar el día, el doctor Sergio observa, interroga, ausculta, diagnostica.

No hay un solo gesto que denote cansancio, aunque ya lleva más de 12 horas en pie.

Su jornada se inició justo a las cuatro de la mañana, el instante en que siempre se levanta y sale a coger botella (pedir adelanto), para poder llegar temprano al Hospital Abel San­tamaría, a unos 25 kilómetros de aquí, en la ciudad de Pinar del Río.

La primera virtud de un buen profesional tiene que ser la puntualidad, dice. Por ello, es lo primero que les exige a sus alumnos de cuarto año cuando los recibe en la sala de Neo­natología del bloque materno, en el principal centro de salud de Vuel­tabajo.

Después de la entrega de guardia, comienza el pase de visita, la do­cencia, el análisis de los casos complejos, el viaje de regreso en botella para San Juan y Martínez.

Pero su jornada no acaba así. Fren­te a su casa, la número 21 de la calle Isabel Rodríguez, lo aguardan sus otros pacientes, esos que durante dos generaciones han preferido esperarlo para atenderse con él.

“Es que siempre acierta con lo que tienen los niños”, argumenta  Li­­liam Aguiar, una joven mamá de 24 años, que de pequeña se trató con él muchas veces, y que ahora le trae a sus dos hijos cuando están en­fer­mos.

Algo parecido sucede con Ka­tri­na Padrón. Primero venía acá con Alioska, su hija, y ahora lo hace con Diego Enrique, su nieto. “A los dos los ha atendido desde que nacieron”, afirma.

Todo comenzó 35 años atrás. En­tonces el doctor Sergio se estrenaba como médico en el servicio de pe­dia­tría del policlínico de Mantua.
Todavía tendría que pasar mu­cho tiempo para que pudiera culminar la especialidad en Neonatología, y una maestría en atención integral al niño. Sin embargo, ya daba muestras de su enorme capacidad para lidiar con los pequeños.

Esto, unido a un carácter especial, que jamás se ha rehusado a ver un caso que haya tocado su puerta, hizo que sus vecinos de San Juan y Martínez empezaran a llevarle a sus hijos enfermos.

Poco a poco, su fama iría creciendo, hasta rebasar los límites del mu­ni­cipio, y el portal de su casa se fue con­virtiendo de manera espontánea, por las tardes, en una concurrida con­­sulta de pediatría.

Según el doctor Tito Rolando Gar­cía, vicedirector de asistencia mé­dica en el policlínico de San Juan y Mar­tínez, a ella llegan también niños de territorios vecinos, como San Luis o Guane.

No se trata de que falten profesionales. En este municipio tenemos cuatro pediatras y un total de 240 médicos, aclara.

“Lo que sucede es que el doctor Sergio es un especialista muy capaz, muy consagrado, y con valores hu­manos excepcionales que, a pesar de laborar en la capital provincial, se siente comprometido con el pueblo donde nació y donde vive.

“Por eso, en el policlínico existe la orientación de que cuando llegue un caso remitido por él, hay que cum­­plir sus indicaciones, y cuando se nos presenta un parto complicado, lo va­mos a buscar”.

A sus 60 años, el doctor Sergio Pi­loña no concibe sus días de otra ma­nera. “La gente a cada rato me pre­gunta de dónde saco el tiempo y las energías, pero yo tampoco sé. Y también se extrañan de que haga esto desinteresadamente.

“Yo sé que hay quienes ven la vida desde otra óptica, y si no los es­timulan, no trabajan, pero esa no es la medicina que aprendí, en la que la salud de la gente es lo primero.

“Necesidades tengo miles, como cualquier persona. Sin embargo, he logrado lo más importante: que mi familia y sobre todo mis hijos, que estudian la carrera de Estomatología, se sientan orgullosos de mí”.

En más de tres décadas de profesión, son incontables las anécdotas que lo han marcado. “A mí me gus­ta mucho el mar y mis hijos me de­cían que lo único que me faltaba era que un día tuviera que consultar a alguien en el agua, hasta que sucedió. Fue hace unos meses, es­tábamos en la playa y una persona llegó hasta nosotros para pedirme que viera a su niño. Por supuesto que salí hasta la orilla para atenderlo”.

San Juan y Martínez, 8:15 p.m. La consulta termina. En total 72 pa­cientes han quedado asentados en el registro del doctor Sergio. “Estos son días complicados, porque hay un brote de infecciones respiratorias”, dice, mientras recoge la mesita que hace la doble función de es­critorio y de camilla, donde en su tiempo libre ha examinado, sin pe­dir jamás algo a cambio, a la gran ma­­yoría de los niños del pueblo y a mu­chos otros de municipios cercanos.

Aun así, Sergio Piloña siente que tan­to esfuerzo ha tenido su recompensa: “Me he ganado el cariño de la gente”.

 

02/10/2015 17:53 tvsanjuan

“Soy un boxeador con aspiraciones golosas”

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Autor: Ariel B. Coya

Vuela como una mariposa, pero pica como una abeja, re­cordando la famosa frase de Mohamed Ali. De ahí que nada parezca inquietar a Lázaro Álvarez Estrada (San Juan y Mar­tínez, 1991), quien se inició a los nueve años en el mundo del pu­gilismo, animado por su primer entrenador Raúl León, y des­de entonces, a base de golpes, ha hecho del ring el teatro de su vida, un espacio donde reinar, gracias a su esquiva meticulosa y precisa pegada.

“Y eso que al principio mi papá no quería que fuera boxeador porque en esa época era flaquito y pesaba nada más que unos 30 kg”, recuerda el zurdo pinareño, que tan solo en unos días estará buscando en Doha (Catar) su tercera corona del orbe, tras las de Bakú 2011 y Almaty 2013.

—¿Cómo se afronta el reto de ser tricampeón mundial? ¿Con nervios, ilusión, ganas de pelear ya…?

—Un poco de todo eso, sí. Aunque si algo he aprendido hasta ahora es que la mejor manera de mentalizarse para una competencia de ese nivel es entrenando. Si uno lo hace con seriedad y se prepara mejor que los demás, no hay manera de que eso no se vea luego en los combates.

—Esta vez incluso lo han hecho en los meses de vacaciones…

—Sí. Por eso yo digo que los boxeadores estamos enfermos, porque no tenemos mucho descanso. Todo es trabajo y trabajo, entrena y entrena, aunque luego sea una satisfacción ver los frutos de ese sacrificio en los grandes torneos.

—Siendo el campeón defensor, está claro que todos tus oponentes te verán como el hombre a derrotar entre los pesos ligeros. ¿Hay alguno que te preocupe?

—Para mí todos los rivales son fuertes, porque no me gusta subestimar a ninguno. Así que tal vez esa sea otra clave de mi éxito hasta ahora. Rara vez me confío.

—Ello no quita, sin embargo, que aspires a retener el oro en Doha…

—Es que una cosa es aspirar a ganarlo y otra bien distinta creer que ya lo has hecho incluso antes de haber peleado, sin tener en cuenta que los rivales también se preparan o que puedes tener un mal día.

“Ganar siempre es prácticamente imposible, así que mientras lo hagas, todo el mundo te elogia y dice que eres bueno. Pero cuando pierdes… Es por eso que más allá de cualquier re­sultado deportivo, lo único importante de verdad son la familia y los amigos, que son quienes están ahí para apoyarte cuando las cosas no te salen como quieres”.

—De todas maneras, viendo tu historial, cualquiera diría que eres una medalla segura…

—Es verdad que soy un atleta muy estable en mis resultados, porque casi nunca me quedo fuera del podio en ningún evento, aunque también creo que la vida siempre le da a uno la posibilidad de revancha. Fíjate si es así que en el 2007, cuando quedé en plata en el Mundial de Cadetes en Bakú (Azerbaiyán), salí llorando. Y cuatro años después, al volver para el Mundial de mayores, tuve la satisfacción de irme riendo.

—¿Quizá otro momento difícil fue cuando tuviste que cambiar de división para el de Almaty 2013?

—Puede ser, porque en realidad yo pensaba mantenerme en los 56 kg para ese Mundial y de pronto dejé de ser la primera figura de la división. En menos de un mes tuve que prepararme para combatir en 60 y seguro hubo quien pensó que por ello no lograría un buen resultado. Pero nada de eso me desanimó y, ya ves, logré el oro. Por eso te decía la importancia de estar siempre mentalizado y confiar en la preparación.

—No obstante, me dicen que antes también ya te habías probado como 60 kg…

—Es verdad. Lo hice una vez en unos Juegos del Alba y también en una base de entrenamiento en Italia antes de los Juegos Olímpicos de Londres, en la que hice un sparring con Domenico Valentino, que siempre ha estado en el podio mundial desde el 2005 y tiene un buen repertorio.

—Puesto a elegir entonces, ¿con qué división te quedarías?

—En 56 kg tuve buenos resultados, pero fue más que nada una etapa de desarrollo, por lo que no tengo pensado moverme ya de los 60, al menos por un tiempo.

—Casi siempre que se habla de boxeo, la imagen que se tiene es la del púgil combatiendo. Pero, ¿qué tal es Lázaro Álvarez fuera del ring?

—Fuera del boxeo, soy muy comilón. Cada vez que puedo me voy al Barrio Chino a comerme una pizza, aunque luego tenga que matarme entrenando para hacer el peso.

—¿Algo que te disguste?

—Que me regañen. Por eso trato siempre de mantener la disciplina y la relación con mi entrenador Julio Mena es perfecta. Casi nunca me quita el ojo de encima, así que le debo mucho.

—¿Un sueño?

—Imponerme en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 para cuando llegue la hora del retiro poder decir que gané todos los títulos a mi alcance.

—Bueno, hablar de retiro suena lejano para un campeón que solo tiene 24 años. Pero cómo te gustaría que te recordaran cuando ese momento llegue.

—Como un boxeador inteligente y técnico.

—¿Ganarás entonces la triple corona en Doha?

—Bueno, voy a buscarla. (Se ríe). Así que puedes decir también que soy un boxeador con aspiraciones golosas.

 

02/10/2015 18:01 tvsanjuan


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